A Kobe Bryant, padre de jugadora de baloncesto

No, este no es un artículo sobre las maravillas de Kobe Bryant como jugador, tampoco de las horas de sueño perdidas viéndole, ni siquiera de esa lucha constante entre dos bandos, el que creía que era mejor que Jordan, o, como yo, pensaba que el 23 de los Bulls es irremplazable, no, esto va de otra cosa, algo que demuestra que el jugador de Los Lakers no estaba tan lejos de nosotros.

Suena el despertador  de cualquier fin de semana entre los meses de octubre a mayo, cuando abres los ojos, aún atenazado por el sueño en un día festivo, tienes que sacar fuerzas de flaqueza y levantarte porque sabes que no es un día normal, es «día de partido», lo sabes bien porque has tenido que cuadrar agenda, no hay salida turística, no hay comida con los amigos, no hay visitas familiares hasta que todo haya terminado, todo ha quedado parado en el tiempo porque hay algo que te lo han repetido hasta la saciedad, «papá, mañana tengo partido».

Vas a buscar a tu hija y sabes que no tienes que despertarla, otra vez ha dormido con la equipación y ya está preparada para salir, mientras tú te paras unos segundos y miras al cielo por la ventana, contemplando como el tiempo no acompaña y que sería mejor quedarse en casa, al fin y al cabo, solo es un partido, nada que no pueda subsanarse el próximo fin de semana.

Sin embargo, ni te atreves a mencionarlo, a ella le va a dar igual que llueva, nieve, granice o la tierra se parta en dos pedazos, es su obligación ir al partido, algo que tú mismo le has inculcado, esa responsabilidad con sus compañeras, con su entrenador, con su equipo, esos valores que deben servirle para el resto de su vida…no, no hay solución posible, al partido se va sí o sí, no hay más que hablar.

¿Por qué no llevar a más compañeros? es mejor que ir solos, así llevamos solo un medio de transporte, da igual que sea un helicóptero, un coche con 25 años o una furgoneta, nos vamos todos juntos y volvemos igual, si hemos ganado, estaremos contentos compartiendo esas jugadas, esas canastas, esas faltas personales pero, si perdemos, sabemos que la noche será dura pero lo sufriremos juntos y a la siguiente se vuelve a intentar, así es el deporte.

Ese maldito helicóptero salió para que Gigi y sus compañeras cumpliera con su obligación y devoción a la vez, acompañado por sus familiares donde se encontraba un padre llamado Kobe Bryant, pero que no iba como el maravilloso jugador que nos dejó como la boca abierta, simplemente iba con su hija para cumplir con esa ilusión semanal, algo que le convierte en mucho más que el mito que ya era, en un ser de carne y hueso como podemos ser usted y yo porque, en el fondo, lo que realmente importa, ya no es el dinero ni la fama que tengas, es el amor al juego, ese mismo juego al que, por desgracia, no llegó Gigi.

Honremos su memoria deportiva y también sus valores.

 

 

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