Adiós Titán Ayón, algo más que un pívot para el Real Madrid

La imagen quedará para la posteridad de todos aquellos que pudimos presenciarla, Gustavo Ayón, viviendo su último partido con la camiseta blanca, se dejaba las manos en agitar una toalla con la que dar aire a sus compañeros que estaban jugando en el Palau.

No podía haber mejor final para una historia que comenzó hace cinco temporadas y que deja al Real Madrid huérfano de un pívot que, personalmente hablando, puede comer en la misma mesa que Sabonis.

Hablar de lo que supone a nivel táctico y técnico la pérdida de Gustavo Ayón nos daría ya para un artículo extenso pero no es la intención de quien esto suscribe, aunque será probable que más de una vez recordemos a ese pívot en la zona siendo capaz de buscar al mejor tirador colocado sin buscar el 1×1, a ese jugador al que no le importaba saltar en los cambios defensivos y quedar emparejado con un pequeño, a quién era capaz de robar un balón a un alero y salir al contraataque como si fuera un escolta y, sobre todo, a un reboteador en ataque que atrapaba cuatro capturas consecutivas para asistir a sus compañeros. Todo eso es una mínima parte de lo que pierde el Madrid si hablamos de baloncesto puro y duro.

Con la marcha de Ayón, Laso pierde el pívot que mejor ha entendido la esencia de juego que quería para el Real Madrid, el que ha roto esa leyenda urbana que decía “el entrenador del Madrid no sabe usar a su posición de cinco”, aquel que sabía que iría a la guerra por él sin necesidad de preguntar y que, aunque alguna vez se haya cabreado con él por “no ser un poco más egoísta” siempre tenía la misma respuesta de Gus, “llevo jugando así catorce años y no me va mal“.

El vestuario pierde un peso específico de liderato en la plantilla, aquel que no se escondía en ningún momento, tanto para reconocer cuando hacía un mal partido echándose la culpa, como era capaz de contar que había llegado mal a la pretemporada porque se había pasado comiendo tacos en verano y que había aprendido la lección, una sinceridad que no suele pasar en el deporte profesional y que, en vez de loar cómo se corrige el error, se usa para dar más palos en cuanto se puede.

Finalmente, los medios perdemos a alguien que, desde su introversión y la seriedad que aparentaba en las ruedas de prensa, siempre tenía una sonrisa, un saludo y una conversación cuando te veía por Valdebebas, que no dudaba en acercarte a ti para darte un toque cariñoso o un apretón de manos y que siempre ha tenido una corrección absoluta con todos aquellos que hemos tenido el honor de dirigirnos a él.

Ahora Gustavo se nos marcha a las Américas, familia manda y ya lo pasó bastante mal cuando el accidente de sus padres, ha sacrificado continuar en un club donde se ha sentido querido por dar otro paso en su carrera de la que ya empieza a vislumbrar el final, nosotros, solo podemos darle GRACIAS por todo lo vivido, enseñado y mostrado, porque mucho más allá de esos títulos que deja para la parroquia blanca y de esa imagen de competidor nato, se nos va alguien que merece que su nombre quede inscrito, para siempre, en la memoria histórica del Real Madrid.

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