Burgos es ACB, y yo que me alegro

Siempre se ha dicho que en la vida se es madridista o antimadridista, y después ya se elige otro equipo. A mí me pasa algo parecido.

 
Soy de los primeros, pero me es inevitable tener cierto trato de favor con otros tantos clubes que se ganan el respeto con su forma de competir, de participar, de relacionarse con el resto de entidades. Una idiosincrasia que comulga con la del Real Madrid.
 
En el fútbol hasta el momento había sido más fácil. Miles de equipos, algunos con una historia similar a la del conjunto blanco, y con constantes cambios en la máxima competición que permitía ver cómo se movían clubes recién ascendidos. Algunos con una actitud totalmente beligerante y de apoyo al gran rival merengue. Otros, por el contrario, con unas formas dignas de alabar y que han supuesto una buena relación fundamental para posteriores negociaciones.

Pero todo eso en el baloncesto era mucho más diferente. Sobre todo porque la ACB carecía de total competitividad en la zona baja de la tabla. Esa crisis, esa maldita crisis que había maltratado a las familias españolas, también había ahondado en el pozo del deporte, principalmente en un segundón como es el baloncesto en España.


Las cosas cambiaron y por fin se produjeron ascensos y descensos en la primera categoría nacional. Nuevos equipos, nuevos jugadores, nuevas aficiones…. Nuevos sentimientos.


Mentiría si no dijera que desde un primer momento, desde que Teledeporte ejercía de plataforma para televisar los encuentros de ascenso a la ACB, me surgió cierta simpatía el Burgos. Ese club para el que no pasaba el tiempo. Generador de déjà vu que año tras año lograba llegar hasta el final, aunque sin poder ganar el partido de las finanzas. El destino estaba siendo en parte injusto. Los méritos deportivos estaban presentes, faltaba la gestión en los despachos.

Duele decirlo, pero la realidad es la que es. Una vez entrevisté a Lalo Alzueta y le pregunté sobre este tema. Su respuesta me aclaró todo y me permitió situarme en un lado: el del deporte o el de los despachos. Me quedé en este segundo. Lalo, estrella de la narración y también de la dialéctica me lo explicó con una metáfora perfectamente entendible para cualquiera: si haces cola para entrar en una discoteca donde la entrada vale 10€, si llegas y no tienes, no puedes pasar. Pero, además, imagínate tu cara si pasas pagando los 10€ que vale y otros lo hacen con solo 5€. 
 
Esa premisa ya la tenía clara. Sin embargo, es verdad que el deporte en ocasiones puede a los despachos. Y sobre todo el alma, ligada a ambas vertientes y definitiva para las dos. Burgos logró el ascenso después de años de pelea y subió a la ACB. Habemus nuevo equipo. Habemus nuevo aficionado.
 
Burgos abría un nuevo pabellón. Burgos se volcaba con el baloncesto. Burgos mantenía una gran plantilla y sumaba madridistas como Sebas Sáiz. Pero, además, Burgos quería estrenar su pabellón ante el campeón. Ante el Madrid. Nuevo punto para ganarme y más tras el comunicado donde se presentaba este encuentro amistoso. Habían tomado el buen camino.
Ganado mi seguimiento en los despachos, tocaba ver lo de la pista, lo del deporte. Y no nos vamos a andar con rodeos. Burgos ha hecho historia. 
 
La ACB necesitaba más aficionados con hambre de ACB. Se echaba en falta ese masivo apoyo que en ocasiones solo los grandes estaban consiguiendo, y en ocasiones había grandes decepciones. Burgos tenía en su mano demostrar que el baloncesto es un deporte de masas. Su primer viaje a Madrid lo dejó todo claro: miles de personas teñidas de azul conquistaban el WiZink Center. Lo viví desde la tribuna de prensa y era imposible no entusiasmarse, aunque fuera mínimamente. Había viajado a Burgos sin tan siquiera saberlo, ni mucho menos pretenderlo.
 
Laso lo aplaudió en rueda de prensa y con él el resto de aficionados merengues que habían disfrutado en la grada. Una temporada después. Y ese solo era su primer año.
Podría alargarme mucho más para explicar mi sentimiento de acercamiento a San Pablo. No por su nombre bíblico, que quizás también, ni por el fichaje de un talento como Radoncic, admirado por mí y por el resto de hinchas del Madrid. Tampoco por tener una peña llamada Andrés Montes, que serviría para tenerme de su parte para siempre, sino por esa idiosincrasia de la que hablaba en las primeras líneas. 
 
Pabellón lleno pese a las adversidades, constante mejora de su plantilla para generar sentimiento, y una personalidad propia e intocable que les han llevado a ser referentes en la grada para el resto de clubes de ACB o de aquellos que pretenden estarlo. Burgos es ACB, y yo que me alegro.

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