Capítulo III del hombre tras el mito: Tres nuevas historias y un documental emocionante

Foto de portada: Miguel García-Viso.

Foto de portada: Miguel García-Viso.

En este nuevo capítulo descubriremos tres nuevas historias sobre el mito

Recuerda que puedes adquirir el libro de «Fernando Martín: Instinto Ganador» para conocer muchas más historias.

Os traemos “La creación de una inspiración” (de Iván Rodríguez, La Magia del Basket), “El ídolo de infancia” (de Rancoma, blog: Historias del Real Madrid) y  “En paralelo” (de Óscar Villares, https://offthebnch.wordpress.com/). Asimismo, podréis disfrutar del documental (obra de Iván Rodríguez) que tanto emocionó, el día de la presentación de Instinto Ganador, a los familiares, amigos y admiradores de Fernando Martín.

LA CREACIÓN DE UNA INSPIRACIÓN

Dentro de nuestro extenso vocabulario, siempre hubo una palabra que ha llegado a resultarme épica, curiosa y reveladora en muchos sentidos. «Pionero», definida como la persona que da los primeros pasos en alguna actividad. O incluso, el gran iniciador hacia la exploración de nuevas tierras.

Mucha gente me sigue preguntando en el ámbito personal; ¿Qué motivó a «La Magia del Basket» para llegar a lo que ha conseguido? Podría contestar tantas cosas, y a la vez de diferentes caminos y formas … Sin embargo, una de las cuestiones más acertadas sería revelar, ¿cómo la figura de Fernando Martín inspiró a un adolescente llamado Iván Rodríguez?

Si bien puedo afirmar que por el año 2009 ya era todo un apasionado de la NBA con tan sólo 14 años, no tenía tampoco la suficiente conciencia para asumir la existencia de aquel atleta español. Un pívot rocoso y con aire carismático que cruzaría el Atlántico para demostrar sus aptitudes en la que sigue siendo la mejor liga de baloncesto del Mundo. Son palabras que chocan, y más en mi forma de reconstruir la historia propia NBA. La visión meticulosa que poco a poco se va forjando en un niño a medida que conoce jugadores emblemáticos y equipos verdaderamente influyentes. Pero en aquel octubre de 2009, descubrí un trocito de «La Magia del Basket».

Al dislumbrar en aquel documental las imágenes de un titánico capitán del Real Madrid de Baloncesto, mi persona llegaba a admirar aún más la cuantiosa cantidad de seguidores que cosechó durante su actividad en los años 80. Los minutos de metraje seguían haciendo girar más la rueda de mi curiosidad, era el típico deportista que había nacido para lo que realmente él quisiera lograr. Te dabas cuenta que su valor no era ni siquiera suficiente, aún obteniendo el respeto con trofeos de Ligas ACB, Copa del Rey, SuperCopa de España, etc. Sin olvidarnos del poder destacado con su Selección Española, en uno de los muchos ejemplos con su plata de sabor a oro en JJ.OO de 1984. La campaña era su deseo infundado de no sólo destacar en un mismo equipo, sino probar la gran aventura, ser recordado por años y años de historia. Hablaban del primer jugador español en la NBA. Un 1986 imborrable para muchos, que llegaría con el asombro retardado hacia un servidor 23 años después de su salida a cancha. Portando el emblema de Portland Trail Blazers y aquella famosa tilde en su apellido «Martín», que rompió barreras en una camiseta de índole americana. Tal vez una victoria amarga por no haber conseguido imponer sus galones en una franquicia de Oregón tan dura, y con un entrenador como Mike Schuler muy poco aperturista. Desde luego, el tiempo ha dado la razón a los analistas y profesionales que fueron partícipes de alguna forma de esa conquista deportivamente española.

Era la mutación de un jugador que combinaba el baloncesto europeo y americano. El esperado regreso al vestuario merengue tan sólo unos meses después. Los auténticos campos de batalla contra Audie Norris y un F.C Barcelona que llevaron al límite todos los puntos de la epicidad por conocer. Todo eso me cautivaba, verlo ganar la Recopa de Europa (1989) junto con Dražen Petrović y su forma de traspasar fronteras del ámbito deportivo, me hacían asegurar sin duda alguna que era un héroe que lamentablemente pasaría demasiado pronto a convertirse en Leyenda. Fue más el impacto de mis ojos al ver aquel trágico accidente de coche del 3 de diciembre en el 1989, que todo lo que sabía que España y el mundo deportivo había perdido a la edad de 27 años.

Debo admitir que su fallecimiento me hizo cambiar la perspectiva de todo lo que había descubierto durante esos 29 minutos de documental. De una forma u otra había entrado en la larga lista de nombres de aquellos que abandonan este mundo demasiado pronto. Pero la huella tan extensa que dejó desde su primera canasta, aún se mantiene. Yo la sigo notando, esa sensación del «primero en probar», y del típico «-Voy yo y ahora os digo…» Frases de alguna forma relevantes a todo lo que veríamos después en España con un tal Pau Gasol, cuando 19 años y 10 meses después que Martín ascendiera al Olimpo del Basket, un campeonato y anillo de la NBA fueran nuestros. Una conquista que Fernando permitió que existiera abriendo esa puerta, el impensable de creer que un jugador europeo podría llegar a la NBA sin pasar por una universidad americana. El mover montañas tal y como diría Rudy Fernández: » Hace unos años nos volvíamos locos al ver a Martín por la Tv tan sólo unos segundos, y ahora tenemos anillos NBA».

Mi segunda vez…

Jamás olvidaré el año 2019 en el ámbito profesional. Quién me iba a decir a mí, que 10 años después de que con catorce descubriera la figura de Martín, los astros se alinearan para darme el gusto de conocer a un tal Javier Balmaseda. Pocas personas pueden existir con tanta pasión y rigor por su devoción hacia «el Pionero Español». De alguna forma el poder participar en la creación de su libro «Fernando Martín – Instinto Ganador», haría que de nuevo pensara que la magia del baloncesto es posible gracias al mítico jugador. Es como si en aquellos meses previos a la salida del libro, mis momentos emocionales de querer volver a ver ese documental una y otra vez a oscuras en mi habitación, de repente crearan una bomba atómica de no querer dejar de inspirar a la gente nunca más. Fernando Martín es capaz de hacerte cambiar tu propia concepción de la historia, y crear la tuya propia como me sucedió al conocer entre otros, a Javier Balmaseda.

¿Es curioso verdad? El poder que puede derrochar una persona que lleva en lo «legendario» tantos años, pero que a la vez, sigue uniendo gracias al baloncesto y al amor que tenemos por estas humildes profesiones. Las vueltas que puede dar la vida, el ponerte de frente a otras para seguir aprendiendo de ellas y evolucionar como persona. Eso logró en mí Fernando Martín, demostrarme que La Magia del Basket es algo más que simples y humildes minidocumentales/reportajes que creo con gran pasión. Es el seguir demostrando que la fuerza del corazón vence siempre a cualquier razón.

Iván Rodríguez

@magiadelbasketY (Canal de YouTube: La Magia del Basket)

 

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EL ÍDOLO DE INFANCIA

Recuerdos de un jugador de baloncesto legendario a ojos de un niño en la única etapa de la vida en la que los deportistas que admiramos son referentes absolutos de verdad

Yo era muy pequeño cuando empecé a ver a Fernando Martín Espina jugando con la camiseta del Real Madrid. Eran tiempos de grandes ídolos. En un equipo cargado de leyendas como Corbalán, Rullán, Romay, Biriukov, Iturriaga y compañía había un jugador que destacaba sobre todos los demás. Y ese era Fernando Martín. A esas edades uno no entendía de estadísticas, posiciones, jugar por el exterior o el interior u otro tipo de cuestiones de índole técnica. Qué va… Pero resultaba majestuoso verle correr por la cancha, chocando con los adversarios, lanzando a canasta… Todo muy visual, muy estético. Entraba por los ojos. Eran los años del ‘boom’ del baloncesto por televisión en España y Fernando Martín era un icono de este deporte. Cuando apenas levantas un metro del suelo aquellos gigantes que jugaban sobre parqué llamaban mucho la atención y Fernando pasó a convertirse en un referente del baloncesto de toda una generación. Para quienes éramos unos críos se trataba de un ídolo más junto a los futbolistas, los superhéroes de los tebeos, los personajes de los dibujos animados o los protagonistas de las series de acción que veíamos los sábados a las siete y media de la tarde.

Fernando Martín nos dejó huella y forma parte del imaginario y del catálogo de recuerdos de una etapa muy feliz de nuestras vidas, la de la infancia. Mencionar el nombre de Fernando Martín es sinónimo de acordarse, por ejemplo, de aquel inolvidable juego de ordenador de Dinamic Software y las partidas en las que nos reuníamos los amigos frente al monitor aporreando las teclas del ZX Spectrum por turnos. Fernando también estaba en nuestras calles cuando montábamos aquellos partidos improvisados utilizando como canastas señales de tráfico o las chapas colocadas a la entrada de los garajes para indicar que estaba prohibido aparcar. No teníamos ni balones de básquet y nos conformábamos con botar pelotas de goma mientras saltábamos y nos llamábamos unos a otros con los nombres de las estrellas del momento. Todos queríamos ser Fernando Martín, por supuesto, y soñábamos despiertos que encestábamos con la camiseta del número 10 a la espalda. Fernando Martín estaba presente en el patio del colegio mientras cambiábamos los cromos de los álbumes sobre baloncesto que sacaron editoriales como Merchante. Le tengo, le tengo, le tengo, no le tengo… O cuando jugábamos a las cartas con la baraja Ases del Baloncesto de Heraclio Fournier en la que uno de los catetos, por supuesto, estaba ilustrado con el pívot madridista. Fernando Martín también aparecía en las portadas de la revista Gigantes del Basket que nunca pude comprar debido a su elevado precio, 150 pesetas IVA incluido, y que me conformaba con mirar colgadas con pinzas del escaparate del kiosco junto al Don Balón y otras publicaciones que tardarían todavía unos añitos más en entrar en mi casa. No importaba, a Fernando le tenía en la pantalla de televisión cuando se retransmitía un encuentro importante del Real Madrid o cuando Televisión Española nos ofrecía los partidos de los torneos de Navidad.

Muchos no éramos conscientes de lo trascendental que fue su marcha a la NBA en 1986 y por ese motivo celebramos su vuelta a Madrid sin comprender muy bien todo aquel revuelo que levantó su aventura americana. Yo todavía no entendía lo de aquella Liga que se desarrollaba al otro lado del Atlántico y que quedaba tan lejos. A los ‘mayores’ les interesaban mucho esos partidos que se jugaban de madrugada, en horarios impensables para los que teníamos que ir al colegio. A mí, no. A Fernando yo le quería ver con nosotros, jugando con el Real Madrid y luciendo aquella preciosa elástica de Hummel con la publicidad de Parmalat, así que le seguimos disfrutando un par de años más… Hasta el tristísimo 3 de diciembre de 1989.

Su muerte lo cambió todo. A partir de entonces, y en años sucesivos, empecé a entender la dimensión real de su figura más allá de la del ídolo. La visión simple y emocional de un niño dejó paso a una más reflexiva y analítica en la que se apreciaba a un jugador espléndido que ganó 4 Ligas ACB, 3 Copas del Rey, 2 Recopas de Europa, 1 Copa Korac, 1 Mundial de Clubes, 1 Supercopa de España y una gran cantidad de trofeos, al margen de sus logros con la Selección, con la que ganó la Medalla de Plata del Eurobasket de 1983 y la mítica Medalla de Plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Fernando Martín fue protagonista en todos aquellos éxitos y resultó ser uno de los jugadores más importantes de la década de los ochenta, pionero a la hora de demostrar que un jugador español también podía codearse con los mejores en Norteamérica. Quizás no era el más técnico, quizás no fuese el más rápido, quizás no fuera el más desequilibrante… Pero tenía algo que conseguía que te fijaras en él. Tenía mucho carisma. Tenía un gran afán de superación y madera de líder. Y encima conseguía transmitirlo a través de la pantalla. Para mí, Fernando Martín llegó a ser el abanderado de la Sección de Baloncesto del Real Madrid de los ochenta, un estandarte, algo similar a lo que representaba para el equipo de fútbol Juan Gómez Juanito, con el que Fernando compartiría trágico destino. Eran líderes, y eso llama mucho la atención de los niños. Siempre ha sido así y siempre lo será en el mundo del deporte.

Su figura era colosal, sí, pero en mi cabeza sigue pesando más aquella visión simplificada del Fernando Martín de la televisión y de los cromos. A los ídolos a los que admiras de niño se les tiene un cariño tremendo eternamente. Fernando Martín siempre formará parte de mí porque le tengo en mi memoria junto a todos los personajes que tantos buenos momentos nos hicieron pasar en ese periodo vital que siempre recordaremos con nostalgia y con aprecio. Tres décadas después de su desaparición seguimos evocándole con todo el afecto del mundo gracias a iniciativas como las que pone en marcha Javi Balmaseda. Se fue muy pronto, sí, pero le seguimos recordando, así que el ídolo de infancia sigue aquí con nosotros.

Rancoma.

@Rancoma_ (blog: Historias del Real Madrid).

  

EN PARALELO

Una de las etapas más bonitas de mi vida transcurrió en paralelo a la carrera de Fernando Martín, su nombre evoca en mí gratos recuerdos de mi adolescencia.

Antes de nada, tengo que reconocer que no tenía a Fernando Martín como un ídolo o una referencia cuando me estaba iniciando en este maravilloso juego de la pelotita naranja. Ese lugar lo ocuparon en primer lugar dos jugadores que me engancharon definitivamente, Essie Hollis y Nate Davis.

Mi primer contacto con el baloncesto fue en 1982. Hasta entonces, en mi corta trayectoria vital, el fútbol había sido mi primera pasión. Era un caluroso verano y el mundial de Colombia fue el evento que cambió mi percepción del baloncesto. Las retransmisiones de los partidos en TVE me atrapaban, me quedaba viendo las evoluciones de la selección española mientras los niños de mi edad estaban jugando en la calle.

Entre la delegación española, me fijé en un jugador de una complexión física que llamaba la atención en contraste con la anatomía de sus compañeros. El despliegue de fortaleza física que hizo contra Estados Unidos fue impresionante, pero lo que más me llamaba la atención era su determinación. Desde entonces la carrera de Fernando me acompañó durante una década, la que me vio dar el salto de la niñez a la adolescencia, y en la que di mis primeros pasos como jugador de baloncesto.

La selección española, con sus respectivos compromisos año tras año, fue el primer nexo de unión que tuve con Fernando Martín. Fue el comienzo del boom del baloncesto en nuestro país. La eclosión de una fantástica generación de jugadores abrió los ojos de cientos de miles de adolescentes a este deporte. Tras Colombia, vino la plata del Europeo de Nantes, la gloria de la plata olímpica de Los Angeles, y el agridulce sabor del Eurobasket de Sttutgart y el Mundial de España. Fernando Martín era una pieza vital de aquel equipo. Año tras año su presencia era una fundada esperanza para que la selección tuviera posibilidades de lograr una medalla.

Pero 1986 fue el principio de la aventura americana de Fernando. Su salida a Estados Unidos supuso el fin de su andadura en la selección. Con la inmadurez propia de mi edad me sentí traicionado por Fernando. Aquella decisión implicaba la interrupción de una transición iniciada en el conjunto nacional, una transición que Fernando Martín debería abanderar por calidad y liderazgo. Jamás me paré a profundizar en los motivos que tenía para dar aquel paso, sólo pensé en que me había privado de ver una prolongación de la época dorada del baloncesto español (al menos hasta ese momento). Como cualquier enfado en la mayoría de los adolescentes, el mío fue un disgusto pasajero.

El segundo nexo de unión con Fernando era el Real Madrid. Como hincha del Athletic, no tenía preferencias por ningún equipo de la liga nacional de baloncesto hasta que descubrí que en el Real Madrid militaba un tal Juan Manuel López Iturriaga, nacido en Bilbao. Eso despertó mis simpatías por la sección de baloncesto del Real Madrid. Los torneos de Navidad y las retransmisiones de torneos europeos me acercaron más a Fernando. Hasta 1986 seguía bastante la trayectoria de aquel equipo. Tras la marcha de Fernando Martín a la NBA y la salida del club de Iturriaga, perdí la motivación de seguir al club blanco. Me movía por simpatías, hasta la llegada de un equipo de mi tierra a la ACB, el Cajabilbao.

El boom del baloncesto en España trajo consigo un aumento de la cobertura mediática de nuestro deporte. La proliferación de revistas especializadas me ofrecieron la oportunidad de seguir la aventura americana de Fernando Martín. Una vez a la semana (o una vez al mes dependiendo de la publicación) esperaba impaciente la llegada de nuevas noticias de sus evoluciones al otro lado del Atlántico. No gozaba de minutos de juego, pero solo el hecho de verle allí al lado de verdaderas leyendas de la NBA era poco más que una utopía, me tenía que pellizcar para dar crédito a todo lo que sucedía a su alrededor.

Fernando quemaba etapas a la misma velocidad que yo iba creciendo y viviendo nuevas experiencias. Entonces regresó a España. Su vuelta a la ACB coincidió con la llegada a nuestro país de un jugador descomunal, Audie Norris. Viví con gran intensidad la rivalidad entre ambos durante dos temporadas y media. El pulso que mantuvieron en las dos finales ACB en las que se enfrentaron se grabaron en mi memoria como uno de los recuerdos más agradables que tengo de aquella época.

Por si esto fuera poco en 1988 el Real Madrid incorporaba a su plantilla a Drazen Petrovic, l’enfant terrible del baloncesto europeo. Había antecedentes de una rivalidad más allá de la deportiva de Fernando y el Madrid con el jugador yugoslavo. Aquella fue una temporada muy intensa: la final de El Pireo, el quinto partido de la final de la liga ACB y dos fuertes caracteres que estaban condenados a enfrentarse.

Entonces llegó ese fatídico 3 de diciembre de ingrato recuerdo para todos. Era el cumpleaños de la que por entonces era mi novia. Juntos entramos a un local que solíamos frecuentar. Emilio, el dueño del establecimiento me dio la noticia, fue directo y crudo. Me quedé en blanco, no sabía cómo asimilar la noticia. El resto de la velada fue muy extraña, largos silencios seguidos de algún comentario del suceso. No fue hasta meses más tarde cuando empecé a comprender lo que había significado la figura de Fernando Martín.

Habían pasado sólo 7 años desde que empecé a seguir el baloncesto, pero para mí fue toda una vida, y Fernando de una manera u otra siempre estuvo presente. Su vida fue tan intensa en todos los aspectos, que tenía la sensación de que habían pasado dos décadas desde la primera vez que reparé en él, una tarde de un caluroso mes de agosto de 1982.

Óscar Villares

@0308oscar (Blog: https://offthebnch.wordpress.com/)

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