La peor derrota en el mejor momento

Ayer el Real Madrid recibió la peor paliza de su historia con Pablo Laso, dolorosa por cómo se produjo, con un dominio del equipo baskonista desde el salto inicial y que dejó un halo de inseguridad en toda la parroquia blanca hasta con el propio entrenador del Real Madrid cuando fue preguntado si esto fue un accidente o podía ser una tendencia con un lacónico: “no lo sé”.

No hay que poner paños calientes, cualquier crítica del partido que jugó el Real Madrid en Vitoria, hecha siempre desde la lógica y del entendimiento del juego, resultaría aplicable al día de ayer, una pasmosa fragilidad defensiva y carencia de ideas en ataque, solo salvada en escasos momentos del segundo cuarto por un buen porcentaje de triples que quedó diluido a partir del descanso, en resumen, un absoluto despropósito miremos donde miremos.

Vale ¿y ahora qué? Por un lado tenemos los que no pueden soportar palizas de este tipo llevándolo al término de “deshonra” y que son hasta capaces de llegar a pensar que los jugadores están haciéndole la cama a Pablo Laso al que señalan como principal responsable de todo lo que está sucediendo, curiosamente esos mismos que guardaban un sentido silencio cuando nadie fue capaz de alabar la gestión de un grupo que ha tenido que dar un enorme paso al frente para mantenerse imbatido en ACB durante siete jornadas manteniendo liderato o que sigue en los puestos altos de Euroliga con 4-3 y sí, con las tres últimas derrotas de forma consecutiva.

La realidad nos dice una cosa muy distinta, fuera de alarmas tremendistas y que no son capaces de ver más allá de un horrible partido y resultado, es que el Real Madrid tiene que reinventarse de nuevo, ya lo hizo con la lesión de Llull, le tocó volver a hacerlo de nuevo con la de Kuzmic y con un Randolph que, asómbrense, desde su vuelta a la actividad tras su lesión de hombro, ha disputado más partidos que entrenos en Valdebebas, con todo lo que ello conlleva y sin contar como uno de tus extracomunitarios, Trey Thompkins, llevaba más de un mes fuera de dinámica de equipo, a ver qué equipo es capaz de aguantar eso y tener esos resultados.

Que el equipo se tenía que resentir de la lesión de Ayón era cuestión de tiempo, pensar que Tavares, con su primer contacto el sábado pasado con sus nuevos compañeros va a ser un elemento determinante nada más aterrizar, resulta algo ilusorio y sin ningún sentido, que es un proyecto de futuro a medio-largo plazo sí es una realidad y con la que se trabaja, las grandes actuaciones de Doncic y Campazzo nos han hecho olvidar algo a Llull y el trabajo ímprobo de Felipe Reyes nos pudo hacer creer que era posible vivir con solo un pívot puro pero la realidad de la competición es otra, mucho más cruel y despiadada donde el Real Madrid tendrá que volver a dar un paso si quiere sobrevivir.



Claro que escuece una derrota por 30 puntos contra un equipo que llevaba una única victoria en Euroliga hasta el día de ayer, igual que le dolió a Zeljko Obradovic caer contra mismo equipo y en misma cancha el 11 de noviembre de 2016 por una derrota aún mayor (86-52) y que él mismo calificó como “lo que ha sucedido hoy no me ha pasado en toda mi vida de entrenador”, algo parecido a lo que sucedió ayer con Pablo Laso, son las palabras de alguien que en el pasado mes de mayo levantó una Euroliga con Fenerbahce y en una final donde no estuvieron ni el primero (Real Madrid) ni el segundo (CSKA) de la competición de liga regular.

Efectivamente, ayer fue la peor derrota del Real Madrid pero, si somos capaces de mirar más allá, y estamos seguro de que es así, fue en el mejor momento de la temporada.