Más grande que la victoria, más sentimiento que un título

Lo vivido hoy en el WiZink Center, más allá de la intempestiva hora que ha reunido a más de 11.000 locos por su equipo y por el baloncesto, inclusive alejado del espaldarazo que supone poner el 2-1 en la eliminatoria y que deja al Real Madrid a un solo paso de clasificarse nuevamente para la Final Four, ha sido tener un cúmulo de sentimientos y de sensaciones casi imposibles de describir.

¿Cómo expresar la comunión entre una afición y un equipo?  curiosamente, esa misma afición que hemos criticado hasta la saciedad por parecer dormidos y estar demasiado acostumbrados a las muchas victorias desde que Pablo Laso se asentó al mando, ¿Qué puede pasar por la mente de miles de personas para un sentimiento tan al unísono? Recapitulemos un poco.

Todos estábamos eufóricos con el debut de Sergio Llull en su primer partido con el Real Madrid de esta temporada, primeramente sus mensajes misteriosos en Instagram, la noticia surgida en Onda Cero y, finalmente la confirmación de Pablo Laso, hizo que algo se nos agitara en el corazón, alguien al que habíamos oído sus gritos de dolor en Tenerife, al que  vimos su sonrisa en el hospital recién operado, el que lanzó a tomar por saco las muletas y, finalmente, al que hemos seguido todos y cada uno de sus pasos en la rehabilitación sufrida, desde su primera carrera, su primer tiro, su primer crossover, sus gotas de sudor, su cara de dolor, su angustia y, finalmente hoy, su alegría, volvía con nosotros.

No quería Pablo Laso que fuera la vuelta de Llull sino un Real Madrid – PAO, cosa harto difícil cuando estos ocho meses sufridos tocaban a su fin, por eso, cuando le vimos salir a calentar hoy, como siempre saliendo el último, como siempre con el chándal completo, parecía que el tiempo se había detenido, que ese dedo con el #VuelveLlull y su cara dibujada que adornaba cada uno de los asientos del Palacio eran por un error, que Llull no volvía porque siempre había estado aquí, que todo lo vivido había sido una mala pesadilla, algo que se nos escapaba a nuestro entender, nos parecía imposible que el Madrid hubiera pasado ya 32 partidos de Euroliga, 28 de ACB, 1 de Supercopa y 3 de Copa del Rey sin él.



La presentación nos volvió a la realidad, ese vídeo, esas torres de fuego y, cuando Pedro Bonofiglio le saltó en la numeración para dejarle el último, algo grande se barruntaba, un grito, un nombre, un apellido repetido hasta que la respiración se entrecorta, todo eso pasó cuando el speaker citó ese número 23 del Real Madrid y Sergio Llull intentó aguantar con estoica profesionalidad todo lo que estaría pasando por su cabeza.

Solo tuvimos que esperar 2 minutos 45 segundos, nada más, para que el tiempo nuevamente se detuviera, para verle de corto en la pista, sin dar ninguna muestra de que había sufrido una gravísima lesión de rodilla, corría como siempre, saltaba como siempre, pero…la maldita canasta no llegaba, ese triple que tantas y tantas veces había soñado mientras se dejaba la piel en su rehabilitación se le resistía, una…dos…tres…cuatro…y nada, pero por fin llegó la canasta, en una entrada y todos, absolutamente todos, respiramos, el cerco se había roto, la maldición tocaba a su fin y Llull volvía a ser nuestro, volvía a ser de todo el Real Madrid, ese por el que decidió quedarse dejando atrás los sueños y dineros de la NBA.

Como en las buenas películas de suspense, el final iba a ser apoteósico, aunque antes nos dejó con el sabor en la boca de otro triple fallado y donde todos pensamos “si lo llega a meter, esto se cae” pero, lo que vino a continuación, es imposible de explicar si no se ha estado allí, dos jodidos triples, solo dos miserables triples de los cientos que le hemos visto meter a Llull vestido de blanco, fueron la explosión de sentimientos más grande que se ha vivido desde hace muchísimo tiempo en el WiZink Center, si me apuran, por encima de algún título, porque, más allá de esos títulos, de las victorias, del buen juego, están las personas y Llull, por encima de todo es persona, y esa misma persona se reencontró con sí mismo y, por ende, con cada una de las 11.246 almas que llenaban el WiZink Center, a todos nos robó un trozo de corazón mientras sus saltos y gritos retumbaban más allá del Palacio de Goya.

Solo quedaba la parte material de todo, conseguir la victoria, para eso no estaba solo Llull, como nunca ha estado, los Carroll, Doncic, Reyes, Randolph, Thompkins, Ayón, etc. etc. etc. volvieron a ser solo uno, por eso, cuando Jaycee Carroll enchufó ese 3+1 que daba casi por finiquitado el partido, supimos que habíamos vivido una noche mágica, de esas inolvidables, de las que quedan siempre para los restos en tus experiencias y, fíjense, sin que ello suponga ganar nada más que un partido, ni un título y, ni tan siquiera una clasificación.

A veces el baloncesto nos da momentos mágicos, hoy podemos decir, a ciencia cierta, que hemos estado en uno.

 

ANÚNCIATE EN PLANETACB