Montakit Fuenlabrada, una temporada bajo el volcán

Analizada por objetivos (12º en ACB y Top16 Eurocup), la temporada 2016/2017 del Montakit Fuenlabrada tiene pocos peros; pero, a pesar de ello, no ha dejado en todo el mundo las mejores sensaciones.

 

Ha pasado ya casi un mes desde que terminó el curso, pero la desazón no desaparece. Sé que con ello me acerco peligrosamente a ese abuelo aguafiestas que cuando el niño viene con las notas, en vez de felicitarle porque que está varios puntos por encima del suspenso (12 sobre 17 en la clasificación) y puede guardar los libros de baloncesto durante todo el verano, le mira con cara de acelga pocha. Y, ojo, entiendo que es perfectamente lógico que los padres de la criatura, cuya preocupación fundamental es hacer malabarismos con una economía doméstica que no podría soportar el no haber pasado de curso, suspiren con alivio y aplaudan con las orejas. Puede que sea injusto, sí, ya que se ha conseguido la permanencia con cierta holgura y se ha llegado muy arriba en Europa, pero esto es un artículo de opinión y no puedo esconder un cierto desasosiego, agravado por el hecho de que, a última hora, el profesor Cuspinera haya decidido no tutorizar la clase del Montakit Fuenlabrada en vigésimo de ACB. Es como si estás en Italia, paseando por algún pueblo en las faldas del Etna, llega la hora de comer y en el restaurante y te sirven una pizza congelada. Que no tiene por qué estar mala, que sí, que llenas el estómago, pero evidentemente no era lo que te esperabas. Consigue el resultado, pero no cumple las expectativas.

 

Quizá lo que más haya contribuido a esa sensación ha sido que la química orgánica a la que aludíamos en nuestro análisis de inicio de temporada, al final, ha terminado produciendo un compuesto inestable capaz de pasar, sin casi solución de continuidad y sin una razón lógica que lo explique, del estado sólido que podría llegar a ser al gaseoso que ninguno querría que fuese. Evidentemente, ha habido factores externos que han contribuido al diseño de esa montaña rusa, tales como el momento, duración e identidad de las lesiones, o las circunstancias del mercado (¿qué habría pasado si la repesca de Moussa por el Barça hubiese sido unos pocos días antes, cuando Xavi Rey aun no había terminado contrato?), y también ha existido algún reto técnico que no ha terminado de superarse del todo, como la integración de un jugador de poste como Sekulic en un juego eminentemente abierto, o el papel de los bases y su aportación a la fluidez del equipo. Pero, sobre todo, lo que creo que ha dibujado ese perfil de etapa rompepiernas del Tour de Francia en el rendimiento del Fuenlabrada ha sido el aspecto psicológico, la sensación de que llegado un momento se bajaban los brazos, o se elegía qué partidos “jugar”. La dinámica de fluidos de la que hablábamos también allá por febrero.

Foto: Martín Silva / Planetacb

 

La descomposición de un grupo humano, de un equipo, es un fallo colectivo en el que puede que no haya culpables (sí, no es extrañéis, no siempre hay que buscar culpabilidades en las causas de un fallo), pero que es responsabilidad de todos, jugadores y técnicos. Entre aquellos, se ha echado en falta el liderazgo de algunos, que se han escondido en exceso cuando había que dar un paso adelante o se han perdido en el caudillismo individualista. Entre los últimos, la salida de Cabezas y los avisos que ha ido lanzando Jota en ruedas de prensa y entrevistas radiofónicas a lo largo de la temporada me llevan a pensar que ha habido alguna tecla del piano que, o bien no han encontrado, o bien no debieron tocar.

 

Desgraciadamente, la decisión de Cuspinera de no seguir en Fuenlabrada la próxima temporada nos privará de la posibilidad de ver cómo hubiera diagnosticado y curado esa neurosis grupal. Desconozco las razones de su marcha pero, teniendo en cuenta que implica la renuncia a un puesto de trabajo en un sitio donde la afición estaba tan con su entrenador que no se ha sentido molesta con esa renuncia unilateral, quizá se debiera también poner en el diván a una institución que, desde el 1 de enero de 2015 hasta junio de 2017, ha visto pasar por la jefatura de su banquillo, por unas razones o por otras, hasta seis personas distintas.  Y es que en las faldas del Etna hay un pueblo, Zafferana Etnea, en cuyas afueras hay un monumento a la virgen, a escasos metros de una pared de lava de varios metros de altura, el lugar donde se han parado las coladas de distintas erupciones (la última, de 1992); no sé cómo serán las pizzas allí, pero me pregunto si es el mejor sitio para construir una casa…