Por qué el baloncesto español le debe tanto a Pablo Laso

No soy de los que apoya que se deba algo a alguien por hacer su trabajo. Menos aún si esa concesión se ubica en el mundo del deporte. Ni el fútbol le debe una Champions al Atlético de Madrid ni el baloncesto un anillo más a LeBron James por la gracia del mismísimo. Y estos no son más que dos casos de los muchos que se encuentran en parrillas televisivas, debates encarnizados y tormentas de tuits de entrenadores encubiertos y sin título alguno.

Pero, como en toda regla, hay una excepción. Y en este caso tiene nombres y apellidos. Pablo Laso es el rey encubierto del basket europeo, pero en particular del nacional. Aquel que con su labor impulsa todo un movimiento a pesar de contar con muchos factores en su contra. Entre otros el de la prensa o el del pseudoaficionado que solo busca muchos puntos, muchos mates y algún que otro palizón al máximo rival, aunque se trate de un simple partido amistoso y tras haber levantado todos los títulos posibles.

Es una realidad que todo jugador o profesional en general le debe mucho -o todo- al ámbito donde ha desarrollado su carrera. Al fin y al cabo es el escaparate que le permite lucirse y recibir un salario como respuesta. Los futbolistas le deben todo al fútbol. Los baloncestistas al baloncesto. Y los políticos a la política.



He ahí el valor que tiene lo conseguido por Pablo Laso. El técnico vasco tiene que ser reconocido como lo que es. Un rostro fundamental del baloncesto español en un momento complicado. En el de la crisis económica que ha golpeado a todo club. En el de una competición que estaba perdiendo poco a poco competitividad como la ACB. En el del decrecimiento del potencial español en torneos como la Euroliga. Y, cómo no, en el de una sección que perdía peso en un club como el Real Madrid que casi siempre ha lucido con orgullo a su plantilla de los canastos.

Pablo Laso es una figura transversal. Que traspasa las barreras de los colores y los fanatismos. Un tipo que tiene una filosofía clara de trabajo y que es fácil de conocer. No es resultadista a pesar de trabajar en un banquillo complicado como el del Real Madrid. Nunca ha despreciado a jugadores de su plantilla, aunque su partido haya sido nefasto en términos estadísticos. Pocas quejas arbitrales salvo robos estratosféricos, y siempre forzadas por las preguntas de los periodistas.

Su proyecto de cantera -elaborado junto a otros rostros como Herreros, Sánchez o Angulo- también ha servido de referencia para el resto de rivales. Alguien que ha conseguido que la familia merengue cuaje hasta el punto de crear una conexión especial entre todo aquel que pisa el WiZink Center. “La electricidad de alta tensión” que diría Carlos Sadness en una de sus canciones que sirvió como impulso motivacional en La Novena, la primera gran pirámide del Proyecto Laso.

Cosas como estas reafirman la idea de que el baloncesto español le debe mucho a Pablo Laso. El vitoriano también al deporte, pero este bien se ha visto beneficiado de la aportación del técnico del Real Madrid. El premio entregado por la Asociación Española de Entrenadores de Baloncesto -cuarto galardón de este tipo-, sumado al otorgado por la Euroliga el pasado mes de julio, respaldan la tesis de que el lasismo forma parte de la historia del baloncesto patrio.

Espero y deseo que quede mucho para dejar de disfrutar de Pablo Laso en los banquillos. Espero y deseo también que el día que ocurra nadie anteponga sus preferencias deportivas a la obviedad y la realidad. Porque por mucho que algunos se empeñen, la historia ya está escrita y lo hace un base ahora en los banquillos.

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