Recibir una insignia de oro del Real Madrid

Ayer el Real Madrid hizo entrega de las insignias de plata, oro y oro y brillantes a sus socios que de manera ininterrumpida han permanecido en el club durante 25, 50 y 60 años y así lo viví desde dentro.

Pero para que podáis entenderme dejadme compartir mi historia. Verano del año 1968. Mi padre, que ya se había encargado de irme inculcando el sentimiento madridista, decidió hacerme socio del Real Madrid. Y allí se fueron haciendo realidad mis sueños.

Pude asistir asiduamente al Bernabéu, del que me impresionó sobre todo el color verde intenso del césped (solo lo había podido ver anteriormente con el “blanco y negro” de las televisiones de la época), su grandiosidad, las viseras de papel para proteger la vista del sol, el grito de “¡hay copa de coñac!”, el marcador simultáneo “manual” con los resultados del resto de partidos de la quiniela…

Mis tardes escuchando a Vicente Marco y Joaquín Prat en el “Carrusel Deportivo” de la Cadena Ser se complementaban con la asistencia al estadio para ver de cerca a mis ídolos. Tuve la fortuna de poder disfrutar de los últimos años del equipo “ye-yé” hasta recitar de memoria su alineación: “Betancourt, Calpe, De Felipe, Sanchís, Pirri, Zoco, José Luis, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento”. Mi padre recordaba mucho a un tal Di Stéfano y era “muy de” Velázquez y de Gento, pero el a mi que me ponía la “piel de gallina” era Pirri.



Pero al mismo tiempo tuve la fortuna de que a mi madre el fútbol no le gustara tanto como otro deporte: el baloncesto. Así que también pude disfrutar de los escasos partidos televisados que se retrasmitían por aquella época. Sobre todo, recuerdo el Torneo Phillips (el después denominado Torneo de Navidad) con la voz inconfundible de Héctor Quiroga.

Y la impresión que me produjo el viejo Pabellón de Deportes de la Ciudad Deportiva del Real Madrid fue aún mayor que la del Bernabéu. De nuevo el “color” del parqué, el techo tubular de la cubierta, el característico marcador que iba iluminando los minutos en barras de color blanco y los segundos en puntos de color rojo según iba transcurriendo el tiempo jugado (hasta los veinte minutos de cada periodo por entonces), las vestimentas del Real Madrid. Ver desde donde narraba Héctor Quiroga, teniéndole delante mío. Y por supuesto los jugadores, que también aprendí a recitar de memoria:  Vicente Ramos, Carmelo Cabrera, Carlos Sevillano, Emiliano Rodríguez, “Toncho” Nava, Cristóbal Rodríguez, Vicente Paniagua, Wayne Brabender, Miles Aiken, Clifford Luyk, Rafael Rullán… Mi madre era “muy de” Emiliano y de Brabender, pero a mí me encantaba la forma pícara de jugar de Cabera.

Han pasado los años. 50 ni más ni menos desde entonces. Y he vivido y he sentido al Real Madrid con la misma fuerza siempre, por igual en ambas secciones, aunque sinceramente el fútbol me gusta pero el baloncesto me APASIONA. Hemos vivido momentos gloriosos, momentos buenos, momentos complicados y hasta momentos casi caóticos. Pero este equipo es historia viva de nuestro deporte, siempre sabe levantarse, nunca se rinde y solo entiende una filosofía: “Hasta el final, Vamos Real”.

Ayer estuve rodeado de otros 1.158 socios madridistas que como yo recibíamos la insignia de oro. Antes, 3.318 habían recogido su insignia de plata, entre ellos mi hijo, y finalmente 116 tuvieron su reconocido homenaje recibiendo la insignia de oro y brillantes. Estoy seguro que la mayoría de los socios que fuimos objeto de este reconocimiento sentíamos lo mismo: una ilusión tremenda por ser parte del Real Madrid, un orgullo por poder presumir en nuestras solapas de las insignias recibidas y un sentimiento madridista a raudales.



El evento se inició con la reproducción del vídeo con la “canción de la décima” que, llamarme sentimental, pero a mi siempre me emociona. Por cierto, ¿para cuándo un vídeo y una canción igual para la sección de baloncesto?

Acto seguido, Emilio Butragueño realizó un interesante recorrido por la historia de los años 1958, 1968 y 1993, historia mundial e historia madridista. Después vino el discurso del Presidente, que estuvo muy centrado en los socios. Evidentemente se trataba de un discurso institucional pero a mi me pareció bastante acertado al dirigirse a nosotros, al menos así lo sentí.

A continuación, llegó el momento de la entrega de las insignias de oro que llevaron a cabo Amancio, Pirri, Butragueño, Raúl, Roberto Carlos y Arbeloa. Chapó por ellos: seis madridistas que no escatimaron admiración, cariño y respeto por cada uno de nosotros. Yo tuve la inmensa fortuna de recibirla de las manos de mi ídolo de chiquitín: Pirri. Me encantó. Pero hubiera sido doblemente dichoso si junto a él hubiera estado algún componente de mis ídolos del baloncesto, no te digo ya Carmelo Cabrera. Hubiera sido precioso que junto a estos seis futbolistas se encontraran otros seis baloncestistas leyenda de nuestro equipo.

Y finalmente se realizó la entrega de las insignias de oro y brillantes por parte del Presidente Florentino Pérez y del Presidente de honor Paco Gento. En estos momentos me dio pena una cosa y rabia otra.

La pena es que los 116 socios no se encontraran arropados por el resto de socios que parecían tener prisa por salir una vez recibidas sus insignias. Era penoso (volverme a llamarse sentimental si queréis) observar la sala medio vacía cuando con la mayor ilusión y, en muchos casos, el mayor esfuerzo, se acercaban a recibir su homenaje hasta el escenario. No es comprensible. Como tampoco lo es cuando cada partido cinco minutos antes de finalizar el mismo se ve como cada día una larga “ristra” de personas abandonan sus localidades sin despedir a su equipo.

Y la rabia me vino por, de nuevo, hacer de menos al baloncesto sin contar con la presencia del Presidente de honor Emiliano Rodríguez.

Pero esta pena y esta rabia tienen fácil solución, adelantando la entrega de las insignias de oro y brillantes a las de oro (de hecho, para mí son los verdaderos protagonistas del acto) y no olvidándose de los representantes del baloncesto la próxima temporada.

En definitiva, una mañana que yo, como madridista no olvidaré. Una mañana que desde la recepción y acreditación hasta el ápape final recibí y sentí un cariño y un trato exquisito. Una mañana de recuerdos, sentimientos y emociones… madridistas.

 

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