La «magia» del Palau

Me hubiera encantado escribir única y exclusivamente de baloncesto, que es lo que a mi me gusta. Y así lo voy a hacer, pero inevitablemente tendré que acabar mi artículo de hoy hablando de la “magia del Palau”.

Se notaba en el entreno matutino del Real Madrid que era día de partido. Más medios de comunicación. Algo más de tensión. De ese gusanillo que te entra el día de juego. Caras de concentración pero en un ambiente distendido donde no faltaban charlas cómplices entre los integrantes de la expedición blanca.

Taylor nos comentaba: ”El primer partido era importante pero el segundo, ganar aquí, sería dar un gran paso para ir a Madrid. Nunca bajamos lo brazos, siempre luchamos hasta el final. Es nuestra mejor cualidad”. A fe que lo demostrarían en el partido, primero portando camisetas de apoyo a su compañero Randolph y después no rindiéndose en ningún momento.

Hablemos de baloncesto. Partido dignísimo de una final. Arreón inicial blanco (0-8, 2-12, 4-14…). Pero esta noche los blaugranas no se iban a rendir fácilmente. El Real Madrid dominaba gracias una defensa casi perfecta y a un ataque muy selectivo donde solo faltaba acertar con los triples. Sin embargo, la entrada de Laprovittola dio vida al Barsa, para acercarle a tan solo cuatro puntos (13-17) al final del primer cuarto.

El partido se igualó muchísimo en el segundo cuarto. Los outsiders del Barcelona Smits y Jokubaitis sorprendían a los blancos, que vieron buenos minutos de Llull (más escasos al cometer rápido dos personales) y Abalde. Empate a 32 al descanso.

Hasta aquí todo iba más o menos transcurriendo según lo previsto. Salvo que al final empezó a dar problemas el cronómetro de una de las canastas, curiosamente señalando dentro de tiempo un triple de Jokubaitis…

El tercer cuarto fue un despropósito. Mientras los jugadores lo daban todo, pelaban cada balón, defendían como locos y buscaban anotar como podían, los árbitros fueron los únicos que no consiguieron asentarse y adaptarse al ambiente infernal que se creó en el Palau.

Voy con el Palau. Es inexplicable que un equipo como el Barcelona dispute sus partidos en esta vetusta y dejada cancha. Un calor insoportable. Un aire viciado. El visor de mi móvil empañado… Añadirle su dimensión y a más de 7.000 aficionados animando y chillando a tope, ensordecedor, agobiante, decisivo (y bien que hacen los aficionados). Pues bien, mientras los jugadores se adaptaban como podían, los azulgranas ayudados por el halo del Palau liderados por un gran Mirotic, y los madridistas aguantando como podían los arreones, los árbitros se vieron muy sobrepasados por todo. Nerviosos, inseguros, con caras de miedo, pitando faltas a destajo y con poco criterio. Consiguieron que el partido se fuera enrareciendo, haciéndose feo, duro y hasta brusco. 56-54 al final del tercer cuarto.

Y lo que tenía que pasar pasó. Porque la tónica continuo igual en el último cuarto. El Barsa tomó una ventaja de ocho puntos (65-57) en un buen minuto y medio que acabó con una jugada inexplicable. Una agresión de Davies a Causeur que no solo no fue señalada, sino que supuso un triple de Higgins y acabó con amenaza por floping al francés y técnica a Deck (su cuarta falta) por protestar. Aún así el Real Maderid devolvió un parcial de 0-10 para empatar a 65 a falta de cuatro minutos.

A partir de ahí nervios, fallos en tiros libres, descontrol… En resumen, desquiciamiento generalizado donde los más descolocados de todos eran los árbitros. Cronómetro que vuelve a fallar… Y un último ataque del Barcelona donde Higgings penetra a canasta a falta de 27 segundos y un tapón de Tavares se transforma en dos tiros para el estadounidense que convierte para dejar el marcador final en 71-69. En el último ataque blanco Causeur erró un intento triple.

De nada sirvió el carácter, la entrega, el saber estar en la cancha, el aguante, la adaptación al ambiente infernal del Palau…Ni el buen partido de Yabusele o el dominio de Tavares. Al final los jugadores madridistas se marchaban frustrados, indignados, dolidos… No me extraña.

Chus Mateo y Alberto Abalde, con sus declaraciones, querían pasar página, centrarse en lo deportivo y solicitaban el apoyo de su gente en el Palacio. Ellos hacen bien, pero yo creo que es necesario que se censuren los hechos que curiosamente vienen sucediendo y con bastante asiduidad en esta cancha. Ya no parece una casualidad. La “magia del Palau” está pasando de ser un leyenda deportiva a hacerse manifiesta realidad  por algunos “pitos” misteriosos.

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